DÓNDE SE
ENCUENTRA
EL VINO
MEXICANO

Por Sandra Fernández / Especialista certificada en vino por la SWE

Son muchos los factores coyunturales por los que está pasando la industria vitivinícola mexicana: mayor inversión privada, aumento sensible en la calidad, mayor accesibilidad de los productos, métodos comprometidos y sustentables con el medio ambiente, apertura en la oferta y diferenciación, ampliación de los canales de distribución... Estamos también ante un consumidor cada vez más exigente, observador y conocedor. Lo cierto es que los mexicanos estamos orgullosos de beber vino mexicano. Lo compramos, lo ordenamos, lo regalamos y lo presumimos. Llegar a este momento, donde somos capaces de defender nuestra propia industria vitivinícola y sentirnos orgullosos de ella, es muy gratificante.

México produce vinos con estilos tan variados como las tierras y los microclimas de sus diferentes regiones; tan diversos como la filosofía de cada bodega y la personalidad de cada enólogo. Además, tenemos la libertad y la posibilidad infinita de crear, al no estar bajo un marco jurídico como el que dictan las denominaciones de origen de otros países. Esto ha permitido un desarrollo importante que podría llevarnos a una positiva organización territorial donde podamos, en algún momento, empezar a hacer identificaciones geográficas típicas y diferenciadoras de cada región. Enólogos, viticultores, consultores, propietarios-inversionistas: algunos creadores y artistas, otros intérpretes, otros técnicos, otros más rescatistas, pero todos compartiendo tres aspectos focales: valles bondadosos, una demanda boyante y la magia de poseer libertad de expresión. No hay reglas; hay permisos, y cada uno asume su propia interpretación.

El mercado ha madurado. México ya produce vinos para toda ocasión. Hoy encontramos —como en cualquier país con una historia como producto— una segmentación piramidal de productos. Se está atendiendo una demanda abierta en diferentes canales y atendiendo, también, a diferentes presupuestos. Esto último es sano y esencial para que la cultura del vino y del buen beber permeé hacia todos los estratos económicos del país. Hacer el vino accesible no sólo en precio, sino en putos de venta, es primordial para una integración social.

La historia de este sector no ha sido fácil y tampoco es reciente. Bloqueos, prohibiciones, intereses políticos, leyes impositivas y falta de recursos son algunos de los obstáculos que se han sorteado por años y años en pro del desarrollo de esta industria. Una gran voluntad, una clara visión y una planta tan noble como la vid han podido más que ello. Los años ochentas marcan una tendencia clara hacia la modernidad, hacia la apuesta por vino de alto nivel competitivo con estándares internacionales. Nuevas vinícolas se establecen entonces, creando vinos de alta expresión y provocando, en las ya existentes, un proceso de transformación. Llegan proyectos de rescate de viñedos de temporal, enólogos consultores en pos de cumplir sus propios sueños y los de inversionistas y aficionados, proyectos de enseñanza, bodegas artesanales y bodegas boutique —dos conceptos tan poco entendidos en el mercado y tan diferentes en filosofía—, star ups que hoy son bodegas de mediano tamaño bien consolidadas, y otras que dejaron de existir, decantadas por la propia naturaleza del mercado. Treinta años de cambios vertiginosos; de lucha, de tenacidad y de caminar sobre los valles de Baja California.

El vino es sensibilidad y placer. Como mexicana, y dedicada a esta industria, el vino de mi país es mi orgullo y mi responsabilidad. Me provoca una constante necesidad de querer conquistarlo, de saber cada vez más de él. Es indispensable dentro de mi estilo de vida. Pero lo más importante es que el vino mexicano significa compartir. Todos tenemos algo que contar en relación a una botella: una historia, un recuerdo, un viaje, un momento sensual, una gran cena que se queda como experiencia en nuestras venas para siempre. Sigamos compartiendo; hagámoslo con vino mexicano.